miércoles, 16 de septiembre de 2015

Deshollinadora

Le dolían las diez uñas de las manos. Llevaba un rato así, con la punta de los dedos punzándole al principio y luego concentrándose el dolor debajo de las uñas para volver a extenderse de nuevo a las puntas de los dedos. Pero esperó hasta que no pudo dejar de lado la sensación ya cercana al dolor y por fin descendió la mirada y los observó. Le dio vueltas a la posible causa de esto mientras observaba cada falange, reconociendo lo que era una de las partes más importante de su cuerpo. Con aire ausente escuchaba el susurro de las conversaciones a su alrededor, la ininteligible jerga que formaba una nube en la que no le interesaba introducirse; como todos, también esperaba que el modelo estuviera listo pero su atención no parecía incapaz de disolverse de sus dedos. Rotó sus muñecas lentamente hasta que pudo ver sus dedos de costado, primero el lado izquierdo y luego el derecho, para lo que tuvo que apoyar en sus pantalones de mezclilla. El contorno estaba perfilado como si hubiera sido cortado con una navaja, salvo en las zonas donde los nervios habían obligado a sus dientes a mordisquear los bordes y crear irregularidades como pellejos y  trocitos de piel apretada pero sin arrancar del todo. Pudo observar el tinte amarillento que el cigarro había dejado sobre su piel y la callosidad del pincel en varios de sus dedos. ¿Serían lo largas que estaban? O ¿Los químicos de los disolventes que usaba para sus pinturas comenzaban a pasar factura? Vio el esmalte natural herido por las sustancias y la debilidad de las uñas que parecían doblarse cuando las empujaba contra una superficie dura. Necesitaba cortarlas.

Lentamente, pero aun imbuida en las formas y colores de sus dedos, levantó la mirada y la acabó posando al frente, pero sin ver ningún punto en específico. Un poco a su costado izquierdo, pero sin la necesidad de girar el rostro, se encontraba la persona que durante sus primeros once años de vida había sido un reflejo de espejo de sí misma. La adolescencia los había alejado pero sólo en aspecto físico. Ella continuó con el rostro suave y delicado, con los ángulos suaves bajando a una barbilla casi en punta pero suavizada por la feminidad. Él había conservado el mismo tipo de rostro, pero su mentón se había hecho más cuadrado y la nariz más grande. Había aparecido la nuez en el cuello y los huesos de sus cejas sobresalieron más que en los de ella; incluso había aparecido algo de barba que ahora era una masa de cabellos claros muy cortos que apenas se podían ver. Pero conservaban rasgos similares; aun poseían ese cabello claro reluciente que él llevaba corto y ella largo y ambos tenían esa iridiscencia extraña en sus ojos claros de diferente color, como si cada uno se hubiera sacado un ojo y lo hubieran intercambiado entre sí.

Ella mantuvo la mirada fija en la lisa pared, pero mirándole por el rabillo del ojo, hasta que él apartó la mirada de su lienzo y sus ojos conectaron. Él la observó con una mueca casi divertida que ella devolvió casi con mesura. Entonces escucharon el ruido de la puerta y ambos voltearon, cortando con la conexión rápidamente. Hubo un murmullo de resignación, aceptación y de satisfacción entre todos los alumnos cuando entró el profesor acompañado del modelo masculino de esa clase, y no se trataba del hombre que esperaban los gemelos. Sólo ella pudo ver el limitado perfil de los brazos de un hombre más que, de último, abandonaba la angosta pero bien equilibrada oficina de su profesor de arte ubicada del otro lado del pasillo. Distinguió la cicatriz que salía de su brazo cubierta a medias por la chaqueta de cuero natural arremangada. Vio el musculo extrañamente marcado en el cuerpo que a veces parecía demasiado delgado para tenerlo. De pronto se cerró la puerta y con un sobresalto, el profesor atrajo de nuevo su atención. Se olvidó del dolor en las uñas.

***

Encendió el último cigarrillo que le quedaba en la cajetilla. Arrugado en el fondo, había quedado invisible hasta que los demás se habían consumido. Se había convertido en una especie de ser amorfo, apretujado como si estuviera de más  pero él no lo había olvidado. Lo había sacado golpeado la cajetilla suavemente. El cigarro formaba casi con exactitud una letra C irregular y llena de zonas con huecos y ángulos agudos. Lo alisó con paciencia, permitiendo que la forma no desapareciera por completo. Cuando lo apoyó en sus resecos labios comprendió que lo único diferente con el cigarro era la apariencia: encenderlo fue tan sencillo como con los demás y el sabor era exactamente el mismo. Cerró los ojos al inhalar la nicotina, contemplando en su mente los ya sucedidos extenuantes minutos que había pasado en la oficina del profesor. Sólo sus oídos escucharon el golpe seco cuando se espalda golpeó en el muro de manera fatigada. Sobre su cabeza, tres pisos arriba, la clase se había llevado a cabo sin su presencia y bajo la tenue luz de un suave y lento atardecer; emanaba el olor característico del óleo, el grafito de los lápices y el  aceite disolvente a través de las ventanas abiertas que intercambiaba el aire denso del interior por una brisa fresca. Hubo un momento, durante la tarde, en el que apareció una sonrisa fugaz en su rostro, un amago de lo que podría ser una bufonada capaz de aún hacerle gracia, escondida de las otras dos presencias. La sensación de opresión dentro de aquella angosta oficina permaneció con él durante todo el tiempo que estuvo allí, sentado, mirando hacia afuera, reprimiéndose. Aquello fue una estancia inútil. Poco después, rehusándose a continuar con la farsa, a ser el bufón, el espantajo que esperaban sus compañeros que fuera, había traspuesto la puerta de la oficina y recorrido el pasillo a las escaleras rumbo al exterior.

El cigarro maltrecho se fue terminando junto con la caída del sol crepuscular, con él esperando por la noche, recargado en ese muro que se encontraba de espaldas a la entrada principal, al bullicio de la gente y los pasos de los profesores y los directivos. Era un escenario que expresaba de una manera literal la sensación que experimentaba cada minuto desde meses atrás.  Las cosas cambiaron poco a poco, como una tenue mancha que se había ido esparciendo a su alrededor, invadiendo primero su hogar y luego extendiéndose hasta la universidad, hasta los estudios y la carrera que antes amaba. Ahora había un muro de cristal dividiéndolo a él de todo a su alrededor, un miedo que parecía calar, entrar por el lecho ungueal de los dedos de sus pies y subir, partiendo músculo y tendones hasta enredarse en las arterias carótidas y penetrar en el cerebro. Un cambio irreversible y total y ahora completo. La noche cayó, aplastando el resto de luz natural que pronto fue suplantada por la insignificante luz artificial, tan fácil de destruir. Se apartó del muro con un empuje minúsculo de su espalda, la tensión de músculo cada vez más delgado pero aun fuerte. Consumido, el cigarro fue pisoteado sin clemencia en el suelo con una de sus gastadas botas. Fue delicioso sentir aquella presión esos instantes. El empuje de su cuerpo provocando la presión y el movimiento de su pie que trituró el filtro, el resto del tabaco y la nicotina. Un instante de absoluto control.


Anduvo hasta la salida, encorvado por la fatiga, a veces inclinándose lo suficiente como para ver sus pasos en el asfalto aun tibio del día. Al trasponer las rejas se detuvo, y volvió la vista al amplio patio, al edificio que se coronaba  como gobernante en el centro del terreno y a los árboles que salvaban de insolación en el verano; de inmediato volvió a la reja, observó las puntas de flecha que coronaban todo el enrejado que rodeaba el campus del departamento de artes de la universidad. Conforme más se acercaba el final de sus estudios, menos se esforzaba por concluirlos. Cada vez faltaba a más clases, se excusaba de las presenciales y se mostraba despistado en la mayoría; a veces ni siquiera estaba despierto. El primer aviso que recibió de la escuela fue una visita a la oficina del subdirector. No estaba listo para recibir una reprimenda de nadie. Aprovechó la expulsión temporal para descansar y pensar las cosas; intentó esforzarse. Suspiró, negando con la cabeza. El viento comenzaba a enfriarse a su alrededor, golpeando los muros y revolviendo su desastroso cabello conforme dejaba el campus atrás. Cuando miraba hacía el pasado, no recordaba el instante en que sus pies habían acabado mojados. El vaso se había llenado, pero no lo notó hasta que rebalsó. 

Gracias a rotzcoco por su ayuda con este capítulo. Dedicado a ella, sobre todo el complicado final.

martes, 1 de septiembre de 2015

Amanece - Prólogo

Rodó sobre la cama sin ganas, con el peso del sueño detrás de los parpados y la luz del sol quemándole pese a tener los ojos cerrados. Sintió el cansancio en cada célula del cuerpo y el olor de la sangre y el sudor impregnó su nariz en cuanto acercó su brazo a su rostro. Abrió los ojos por fin, de pronto, como el espasmo de quien despierta sobresaltado; escondidos estos en la almohada con olor a sudor y cigarrillos, y la primera imagen que tuvo de su habitación fue del buró con  el frasco de las pastillas abierto, el reloj sin alarma y la ropa sucia en la única silla del lugar. Su mirada borrosa se fue centrando y pronto los colores del cuarto brillaron con los rayos del sol que entraban a su espalda. Las manchas y los tonos grises deslucidos del tiempo, la madera ya casi arruinada del suelo, con ese tono café podrido y la cascarilla de pintura en el suelo.

Se sentó lentamente, rodando el cuerpo en la cama en completa desorientación hasta que pudo apoyarse en uno de sus brazos y restregarse el rostro fatigado con el otro, porque nunca lo hacía con las manos, con las uñas. El olor a sangre lo impregnaba todo y por un segundo tuvo miedo de ver a su alrededor, de ver las sábanas sucias impregnadas de aquel líquido carmesí.  Pero lo hizo, como si nada pasara, descendió los ojos rojos a su ropa de cama y un segundo después, estaba respirando profundamente, simulando ante el vacío cuarto que nada había sucedido, que nada le había preocupado. Las manchas eran pequeñas gotas, eran el camino fatigado que lo había llevado de vuelta a su cama arrastrando los pies. Pero no había nada más. No era una de esas noches. 

Una ola de tranquilidad viajó hasta su estómago y lo asentó ligeramente. Ahora estaba bien despierto. Se orilló y apartó las sábanas de su cuerpo. El aire fresco que entró del exterior lo ayudó a despejarse y entonces se estiró, lo que trajo de pronto que el repentino asentamiento de su estómago desapareciera casi por completo. Una ola de mareo envolvió su cabeza y bajó hasta taladrar la boca de su estómago. Pisó con sus pies desnudos lo que esperaba fuera el suelo, pero, por el contrario, se convirtió en algo pastoso y con pelo; una sensación suave, característica del pelaje animal, subió por los dedos de sus pies. Antes de pensarlo se inclinó adelante y encontró el cadáver de una criatura silvestre que no pudo identificar en un principio. Las vísceras estaban mordisqueadas, a medio comer y  el cadáver ya había hecho una mancha marrón en el suelo que aún estaba húmeda. Un acceso de vómito recorrió su laringe con violencia y pegando un brinco corrió al baño rápidamente. Tuvo suerte de que estuviera cerca.

No hizo falta que su mente trabajara en lo que había sucedido horas antes. El contenido de su estómago fue suficiente para que, de haber una duda, esta quedara resuelta. Vio con claridad las tripas y la carne mal digerida y sus nauseas aumentaron, pero lo que salió enseguida fue solo el líquido amarillento de la bilis, que le dejó un regusto amargo y desagradable en la boca. Su cuerpo quedó vacío de cualquier sustancia extra pero las náuseas persistieron. Escupió en el inodoro antes de tirar de la palanca y se enderezó, presionando sus ojos con su antebrazo fuertemente. Las lágrimas de las arcadas cosquillearon en sus mejillas, pero las aplacó rápidamente antes de que descendieran a su boca. Caminó al lavabo y se inclinó, lavándose la boca hasta que la sensación desagradable pareció desaparecer. Las náuseas no parecían querer marcharse pero las controló, pasándolas a la parte posterior de su cerebro, tratando de ignorarlas. 

Apartó la boca de la llave del agua del lavabo y de pronto se encontró mirando aquel rostro desconocido que siempre le había pertenecido. El pelo enmarañado y descuidado caía sobre sus ojos y cubría sus sienes rozando sus mejillas. Era un desastre de cabello ondulado, ensortijado, alborotado y con algunas zonas cubiertas de cierta sustancia que mantenía los mechones duros, pegados los cabellos entre sí y apretados fuertemente. Debajo de unas cejas oscuras y desiguales, tupidas en unas partes pero cortadas por cicatrices en otras, estaban los ojos más hundidos y cansados que había visto en su vida, los suyos propios. Los parpados se mantenían separados pese al cansancio y a la sombra de las pestañas oscuras estaban aquellas perlas violetas que rodeaban el circulo negro profundo de sus pupilas. Esos ojos que causaban más problemas de los que a cualquiera le gustaría sobrellevar. 

Se rascó la barbilla con el dorso de la mano derecha, allí donde lo vellos del rostro comenzaban a formar un nido incipiente que deseaba ser barba próximamente. Sus nudillos rozaron la parte baja del mentón que quedaba escondido por el hueso de la mandíbula, en la papada, y en su mente se formó el recuerdo de una cicatriz más que ahora sólo era una línea blanca que poco a poco se iba desvaneciendo. La diferencia era perceptible en su mente, pero no en el pliegue liso de la epidermis. Recordaba cómo se había hecho la mayoría de las cicatrices, algunas escondidas en la niebla del alcohol, otras a la niebla de la ira, y otras más causadas por el alcohol alimentando la ira, y las que no recordaba con la suficiente viveza a veces daban un flash en su mente provocado por el dolor que le habían causado al ser creadas. 

Levantó la mirada de su barbilla reflejada en el espejo y se miró así mismo, a su imagen en el espejo y los ojos hundidos que le regresaron la mirada con fastidio, harto de levantarse entre aquella mugre. Podía ver el límite de su vida en cada bastón de color, en cada línea del iris como flechas que pretendían obligarlo a seguir una maquiavélica ruta hacía un destino pero que no le daban un sentido real a la dirección que supuestamente tomaría. No había izquierda y derecha en su día a día, únicamente el mismo viaje que llevaba años recorriendo. De pronto brotó el fastidio de su ceño y se apartó del espejo y salió del baño. No había mucho que limpiar está vez, no había mucho que hacer antes de lanzarse a las calles nuevamente a perderse en atajos que sólo él conocía. No había sido una de esas noches. Había tenido suerte. Y ni siquiera pensaba en sí mismo. 

domingo, 12 de agosto de 2012

Parte 2


Fue el chico quien lo hizo. En las manos llevaba impresa la huella de su delito, en el corazón la marca negra que se expandía desde el ventrílocuo izquierdo hasta la aorta, extendiéndose al cuerpo latido a latido, en sus parpados las ojeras del crimen volvían grises y después negras y los ojos turbios aun miraban la escena dejada calles atrás como cataratas sobre la retina. Sus pesados pasos hacen ecos en la calle desierta y con sus pies se escucha el goteo de la sangre que se desliza por el arma blanca y que cae al suelo, dejando el camino de advertencia y seguimiento a la escena del crimen. No hay odio en ese crimen, ni satisfacción. La culpa le corroe como el veneno de la traición a la naturaleza. Su pie izquierdo choca con el borde de la calle, trastabilla y cae con la rodilla al piso. Ni se queja, ya no lo siente. Lentamente se pone de pie y avanza hacía la oscuridad, hasta que tropieza con algo de basura y cae al suelo, resbalando por la pared de costado.

 La conoció tres días antes y no hubo nada que propiciara que aquello terminara de la manera en la que lo hizo. Fue en ese mismo bar, un inicio de noche en el que no hay mucha clientela. Él no tenía nada que hacer y había llegado temprano para, de nuevo, ahogar su miserable vida a través del cuello de una botella de ron barato. Ella llego un par de horas después de la puesta del sol y casualmente se sentó en la barra, junto a él. El joven nunca había abusado de su cabello chino, de su cuerpo delgado o de su impactante pero falsa sonrisa para llamar la atención, lo consideraba una perdida de tiempo, pero a ella no le importo. En poco tiempo entablaron una conversación tranquila pero constante. Al calor de las copas compartieron sus motivos para estar aquí. Ella era una mujer sensible pero de carácter fuerte, con los suficientes pantalones como para volver a salir a la calle después de la paliza de su amante. No regresaría a esa casa nunca más y brindaba por ello. Él joven –pues ella era mucho mayor que él-, tomo un interés inesperado por esa actitud, un interés que pronto se trasformaría en una obsesión enfermiza.

 El asesinato fue cruel y sanguinario pero no fue personal. Quizás pensara que hiciera un favor cuando la guio a aquel callejón, quizás pensaba que ella quería eso después de estarse quejando todo el tiempo. Ella bebía bourbon desde hacia unas horas y cuando el chico le dijo de ir a otro sitio ella no puso objeción alguna. Lo demás fue fríamente sencillo. Caballerosamente se quedo detrás de ella y levantando un ladrillo del suelo le pego en la nuca. La chica cayó al suelo y el joven empezó a reventarle la cabeza con el ladrillo, hasta que esta se convirtió en una masa sanguinolenta que hizo irreconocible a la chica. Termino jadeando, observando fijamente su hazaña, entonces avanzó un paso. Se dejo caer sobre su cuerpo, apoyando el ladrillo en el suelo y sin aportar peso alguno sobre la chica. La observo, acaricio sus pechos y los apretó con sus manos luego se agacho y lamio la sangre de la cara, llevándose restos de materia gris que devoro junto con el elixir rojo. Se puso de pie lentamente después de lamerla durante un rato. Dejo el ladrillo allí y como si nada hubiese ocurrido, se encamino calles más abajo.

 Momentos después, ella llego a la ciudad. La oscuridad cerniéndose a cada paso que daba, con su traje sastre siempre limpio e implacable, su sombra revelando la verdadera forma de la parca y el cuerpo tan vaporoso como constante. Se detiene a pocos pasos de entrar, sonríe y continúa con su camino con mayor seguridad, ahora sabe que va por el sitio correcto. El hedor de la sangre lo guía. Sabe a donde debe de ir. Calles más arriba, los edificios se separan para dar paso al parque central. Por allí es fácil torcer a la izquierda y llegar a los barrios donde se reunía la calaña baja de la ciudad. Los alcohólicos que vagaban por las calles fuera de hora, no le prestaban atención y algunos de ellos incluso se alejaban, como si pudieran predecir lo que suponía rozar la sombra de la muerte. Pero por muy entretenido que pudiera ser jugar con esos hombres, ella estaba dispuesta a dejarlos ir, sin preocuparle su destino pues el encuentro era inevitable. Pero el que le esperaba en el callejón podía darse el lujo de escapar y encontrarlo después sería difícil. Cada paso hacía llegar el olor a sangre más intenso y poco a poco, le llegaba la esencia del crimen mismo.

 Pronto se encontró en la cuadra que antecedía al callejón, se acomodó el traje y deslizo sus manos por su cabello, alisándolo. Se sentía ansiosa mientras avanzaba, lamiendo su labio inferior, su cabello moviéndose libre, ondulado, acariciando sus hombros descubiertos. Por fin, la entrada del callejón se presento ante él y avanzo con algo más de lentitud, degustando lo que vendría. Sintió un poco de pena por el joven, era más hermoso de lo que se imaginaba. Que desperdicio del físico. El chico advirtió su presencia cuando la oscuridad termino de cubrir el callejón. Levanto la vista y se encontró con el ser más hermoso que hubiera visto en su corta vida. Ni hombre ni mujer, de ojos centellando en todos los colores, la piel más clara, como el papel, ropas negras y esa sombra, tétrica y enorme que juraría se movía por voluntad propia.

 ─ Buenas noches… ─ Saludo aquel ser, hablando a la perfección su idioma. La voz aterciopelada acaricio sus oídos y al agacharse, sintió el toque de sus dedos finos y suaves en sus mejillas manchadas con la sangre inocente de aquella mujer. Cerró los ojos y se apartó del muro, acercándose hacía ese toque. La criatura perfecta le recibió en su seno, acaricio sus cabellos y despertó su índole sexual con los toques más sencillos. Momentos después deliraba, perdido en el erotismo de ser tocado por ese mítico ser. Gimió ronco de placer y se removió por una incomodidad que le importo muy poco, tan poco que no se dio cuenta que se trataba de la vida que se le escapaba poco a poco del cuerpo.

El trabajo siempre era limpio y eficiente y con sus labios termino por beberse el alma arrepentida pero satisfecha en sus últimos minutos. Resulto deliciosa, suave y dulce. Joven aún, contenía una ligereza propia de los niños. Se puso de pie, alisando su vestido impecable, miro de reojo el sitio por el cual entro y continúo su camino. Esta vez sus zapatos no hicieron ruido y hundiendo las manos en los bolsillos de su traje avanzo al muro de enfrente, que atravesó como si no existiera. No hubo testigos para ninguna de las dos muertes, pero solo una de ellas seria denominada como asesinato, la otra, sería un tipo inexplicable de suicidio. Porque así es como llega, cuando menos lo esperaba uno y esta vez esta aburrido y desea divertirse y retomar sus trofeos, este es solo el inicio.

lunes, 6 de agosto de 2012

El Bu de las Muerte

No hay redoble de campanas para los cobardes, ni para los infieles o los que se abandonan así mismos. Este lugar recuerda al fantasma de lo que antes fueron múltiples ciudades, del gusto que ha dado que todo haya desaparecido para dar paso a una nueva era, como siempre se ha dicho, proclamado, "fuera lo viejo, hola a lo nuevo". Esta noche las ruinas no están tan solitarias como se quisiera creer, hay en esto más verdad de lo que se ha dicho, hay más verbo que lo absurdo de estas palabras, más recriminación que lo que nadie se atreverá a decir. El polvo parece darle vida propia al escalón frio de las escaleras, a las paredes que poco a poco van perdiendo el repello, a los tristes marcos de las puertas que nunca darán bienvenida a nadie. Parece que se levanta y danza,  dejando  un camino en los cristales rotos que han sobrevivido al tiempo, al abandono y a las piedras de los jóvenes aburridos.

Pero no planeo aburrirlos con un léxico que no comprenderán. No es mi idea o afán el enseñarles algo que ya sabrán. No esta noche. Porque esta noche es pagana, es la celebración a la muerte, al inicio de un nuevo porvenir, a la creencia de que con violencia se resolverá todo, que la sangre marcara el comienzo de un nuevo escenario. Esta noche nos juntamos en las ruinas de la antigua ciudad para darle algo en común a nuestra guerra por la vida. Si, aquí también está permitido disparar, pueden aventarse los cuchillos y llenar de agujeros las malditas paredes. Los muertos no se quejan, ya no es su asunto, sin embargo, aquella lo disfruta, se contonea entre la sangre y la muerte a su alrededor que solo le hacen el honor, disfruta con toda la destrucción que hacen en su nombre. Hoy esta divina, es la mujer más bella en la tierra, es el hombre más apuesto; si hubiera algún modo para hacerlos dos, sin duda serian la pareja más excelsa de todas, pero se odiarían mutuamente. Pelearía en la búsqueda de la perfección que antes mantenían siendo solo uno. Tranquilos, nadie ha pensado en esto. Ni siquiera Dios.

La luz que llega proviene solo del cielo pero la luna esta tan redonda que con faclidad ilumina su vestido frío, hace revolotear su cabello negro tupido de lamentos e histerias conjuntas que la historia ha depositado en su cuerpo. La niebla que desprende es natural, un velo fantasmagórico que oculta su tenebroso rostro. El lleva un traje recto, oscuro y su melena oscura también cae sobre sus ojos, escondiendo el rojo feroz que aparece cuando las ansias por devorar una vida son casi insoportables. La enormidad de los terrenos baldíos, las sombras que los circundan, no son tan oscuras como ellos. Nada es peor que ellos ni antes ni ahora, son el fin absoluto, son los únicos y lo sabe. Pero ¿Qué es lo que viene a hacer un ser como este a un lugar tan desolado? Retro y fuera de lugar. No hay gente disfrazada alrededor para celebrar esta época, en apariencia no hay ningún ser vivo pero así es mejor, amantes de la soledad. Estúpido seria decir que no pertenecen a aquí. Si fue por él quien la palabra soledad apareció.

Hace pocas décadas, en el tiempo que la ciudad afloraba vida, haya, calles abajo, la gente evitaba este lugar, les estaba prohibido por las, quizás, tantas muertes y desapariciones que allí se llevaron acabó, que sin contar con una explicación, fueron lo suficientemente atroces para crear una leyenda. Dicen que en estas fechas, cerca del 31 de Octubre, se escucha un murmullo, un lamento frívolo y osco; no reclama nada, no tiene coherencia, ni siquiera cuando se le escucha bien. Ha, pero la gente temía, por algo usaban antifaz y escondían su verdadero yo mientras hacían gala y celebraban para que los espíritus se calmaran. Pero nada cambiaba. Esos temerosos son los que caen primero, pues se regodearan de recibir una gracia que nunca recibieron realmente, pero allí estaban, cayendo en su propia fantasía, lamiendo el piso en busca de sus rastros cálidos, dela esencia pura de la vida más allá de la muerte. Ahora vuelve a ser 31 de octubre, es día de fiesta, pero la ciudad este año esta vacía. Él solo viene a recrearse, viene a respirar el aire de una cultura que lo adoro, esperando pacientemente antes de iniciar el recorrido. Hoy será día de fiesta, pero solo ella lo celebrara. Y sus zapatos hacen  eco cuando pasan de largo por la plaza principal, las zapaticas de tacón  rompen el silencio, andando con pausas, sin mirar atrás, sin carruaje que le lleve, sin compañía alguna esta vez. Será mejor celebrar a solas, el objetivo esta marcado y no esperara a que la cena se le enfrié.

El depredador desaparece de la ciudad como llego, sin hacer sonido alguno, como el fantasma que nunca estuvo aquí pero en el que toda la ciudad creyó. Los creyentes le gustaban, la respetaban más antes cuando la creían un Dios vengativo. Triste urbanidad de la humanidad, la era pagana era la mejor, la emocionante y la crítica. Y aquí es donde la historia inicia, después de la presentación en la alfombra roja, empezamos con la obra. Disfrútenla, quizás logren sentirse identificados con algo de lo que aquí suceda.